Aquel día iba con Papá la puerto en la moto, pero no para encender el motor del barco, que se oxida, sino al local donde se guardan el arte y otros aperos.
Subíamos la escalera de madera, y a descargar los tablones y las estacas.
Cargábamos todo en el carro, y la mula y el hombre llevaban nuestra caseta a la playa. Los primeros años a la Barra, los últimos a Rajamanta.
Así comenzaba el verano.
Más tarde, para pasar alguna noche, volvíamos al puerto, al local, a por la red. La cargábamos en el bote hinchable, de madrugada, y la íbamos dejando caer mientras papá remaba.
Después, desde la orilla, había que tirar. Y allí estaban: muchas algas, peces y medusas.
Y sobre todo la fiesta de entrar al mar de madrugada, calar el arte.
