Vivimos los hombres y mujeres en una extraña ansia de alas en estos tiempos de gripe aviar.
En España dicen que la amenaza viene de África, con las migraciones, y en Alemania que de la Europa del este procedía el ave que se comió el gato que supuso el pri-mer caso conocido en el viejo continente de esta nueva amenaza global que por tan poco tiempo ha de seguir preocupándonos. Aunque no sé si fue en Italia, en las plumas de un cisne.
En Irak, por contra, no están hoy pendientes del cielo y sus amenazas, allá en forma de misiles aire-tierra, sino de levantar los cadáveres que cubren el suelo. En contar gotas de sangre se les iría un mundo, pero apenas tienen tiempo de ello en esa vorágine en la que andan de hacerla correr a raudales, rasgando las venas del petróleo.
Unos que van, otros que vienen, todos que sueñan, o más bien codician, y, mientras, la tierra se resiente al perder a borbotones la leche negra que brota de su seno y acaba convertida en millones de toneladas de dióxido de carbono, que suponen una agresión furibunda a sus maltrechos pulmones.
Total, que no sabe uno si las alas que anhelamos son de cisne o de petróleo. Pero, en cualquier caso, parece que no conseguirán hacernos volar.
